Alejandro Matesich

Psicólogo

Año 2021, siglo XXI, era posmoderna. El tiempo actual está caracterizado/regido, al menos en occidente, por la lógica del mercado capital económico que impera en la vida social, cultural y política. Vivimos en una época en donde los ideales dominantes propician un estilo de vida acelerado.

El capitalismo ha moldeado nuestros estilos de vida, su lógica productivista se ha instalado en cada uno de los escenarios de nuestras vidas; trabajo, familia, lazos sociales, etc. Si tuviéramos que caracterizar al tiempo actual, diríamos que es efímero, fugaz, vivimos en “el presente”, el “ahora infinito”; eslóganes del sistema, que nos hace creer que el tiempo es nuestro, que el tiempo solamente es ahora, que en nuestras manos está la dirección de nuestras vidas, y por tanto que somos nosotros, más que nadie, absolutamente responsables de la dirección que le demos y que no hay variables culturales y sociales que influyen.

Estos ideales implícitos están regidos por imperativos de producción, de eficacia y capacidad; es lo que se nos pide y espera socialmente de nosotros. A cada edad se espera que cumplamos con algo, nuestras etapas cronológicas se han organizado de tal manera, que al paso de una (adolescencia, juventud, mediana edad, vejez), se nos exige haber producido “tanto”: nuestros logros se miden en términos de cantidad.

Vivimos en la era del “¡Ya!”; “¡Haga ya!”; “¡Llame ya!” No hay más tiempo que para ser productivos; lo inmediato sentencia nuestros actos.

Toda esta situación lleva a muchas personas a compartir un malestar común: sentirse sobrepasados. Ante tantas exigencias (laborales, sociales, etc.), y requerimientos, nuestras capacidades de afrontamiento se han ido reduciendo en parte debido a que: por un lado, las demandas son cada vez mayores, y por otro, debido a que todo cambia y vivimos en la era de la renovación constante (la tecnología que organiza nuestras vidas es un claro ejemplo), que propicia un ritmo al que difícilmente podamos adaptarnos de manera eficaz.

Y este es el verdadero síntoma actual, la paradoja en la que vivimos. Si por un lado se nos pide y exige tanto y a cada paso somos estimulados a ser sujetos productivos, eficaces, pragmáticos, estas exigencias muchas veces exceden, superan nuestras capacidades de resolución. Estos vertiginosos ritmos de vida, han llevado a que lejos de ser tan resolutivos, los sujetos queden más bien pospuestos, postergados; asumimos menos decisiones, en vez de proyectar, tendemos a postergar, todo queda para después, vivimos en un día a día constante, el presente parece ser eterno, el futuro se vislumbra como muy lejano y el pasado se ha tornado un cliché defensivo “del que no se puede vivir” (¡ni hablar!), por que se “vive el ahora”, dejando de lado nuestra historia, nuestras pasadas decisiones, los proyectos postergados, nuestro trayecto por el mundo, en fin: lo que fuimos y lo que somos.

La paradoja es esta: lejos de resolver, nos bloqueamos y paralizamos ante la realidad; se observa cada vez menos la capacidad de pensar sobre lo que nos pasa o el implicarnos en el malestar que esto nos genera. El tiempo presente nos agobia, vivimos en un “ahora” agotador, fuente de ansiedad, estrés, depresión, adicciones: patologías de la época. La “dictadura del presente” refieren algunos pensadores actuales; un seudoestado de omnipotencia que lleva a las personas a intentar anticiparse a variables que no controlan, ni conocen, y a demandas que les exceden; es ese “deber” de hacer dictatorial implícito en el sistema y sus ideales imperantes. Es lo mucho que intentamos hacer a veces sin poder concretar, es el tiempo que nos pesa cuando estamos libres y creemos tener que hacer algo para ocuparlo, es lo dividido que quedamos cuando tenemos que distribuirnos entre trabajo, estudio, deporte, familia; es la omnipotencia que nos deja impotentes.

¿Existe una solución a esta paradoja actual?, ¿podemos despojarnos fácilmente de los ideales de una época? Son algunos interrogantes a esta compleja situación. Tal vez no haya respuestas concretas ni medidas para todos, pero si preguntas que cuestionen, que movilicen e impliquen, que abran la posibilidad de transitar caminos, propios y distintos. O parafraseando a Lacan diríamos: nos lleve a actuar, para arrancarle a la angustia su certeza.